Las señales del camino
Justo en ese momento había dejado de grabar la cámara. Se paró el microbús en República de Argentina. Al bajar del vehículo me di cuenta que casi no había gente. Observé entonces más detenidamente la estampita que una señora me había dado con la imagen de san Charbel Majluf y su oración correspondiente en la parte de atrás, junto con una moneda de diez pesos. Leí que el santo era especialista en la conversión de los alejados, la curación de los perturbados, ciegos y paralíticos, y también se leía, escrito a mano, un teléfono, el nombre de la señora y su vocación: chamana.
El micro se quedó detenido durante varios segundos porque enfrente, del otro lado de la calle, había varios compas del barrio —tal vez diez— divididos en bandos, que se hablaban sonrientes mientras se acercaban despacio, a la mitad de la calle, para saludarse.
Con la ciudad inmóvil, los ruidos bajan hasta ser un rumor de vocinglerías y motores. Las fachadas de los edificios son de gris gastado por el sol. Desde allí, en las cuatro direcciones, hay una ciudad fantasma: nadie caminando en las banquetas, las ventanas cerradas y en penumbras, abandonadas o clausuradas, con gesto serio.
No se veía otro microbús, así que decidí caminar hacia donde creía estaba el centro. Sólo encontré a un niño que pateaba una pelota y vi algunas tienditas con fritangas y televisores encendidos, en ambiente silente. La resaca de la ciudad se escuchaba cada vez más cerca. Compré un cigarrillo y seguí hasta divisar la plaza de Santo Domingo. Allí volvió el tráfago.
Frente a mí, rostros, ritos, figuras en jade y ámbar, círculos y espirales de conchas e incienso, y después, las pancartas y las consignas, las documentadas llamadas desde la pobreza en casete y devedé, los artistas callejeros frente a la catedral y las burbujas gigantes de jabón en las riberas de la plancha del Zócalo.
Frente al asta vacía y el sol entre nubes sobre los palacios de la ciudad, una parte del camino quedó descubierta.
Estaba ahí como en mi infancia, cuando paseábamos por la ciudad mi abuela y yo, algunas veces dispendiosos y opulentos, en las tiendas y los restaurantes, y otras, cansados y con el estómago inquieto, a la hora del arriamiento de la bandera y al caer el sol.
En el mismo escenario que otros días, con emociones distintas, supe que aquellas señales que di y recibí durante mi recorrido, acerca de ciertos caminos desconocidos, fueron acertadas.
F. Xavier
Los dioses dramáticos
Cada lugar tiene sus símbolos, sus espíritus, sus deidades: había una mano de casi cinco metros de diámetro y un rostro de dios viejo, de iguales dimensiones, en una pared detrás de las piernas del teatro; en otro, un dragón chino de ocho patas resguardaba un salón de espejos y la puerta que daba, desde lo alto del cerro, a las faldas de los volcanes; un cráneo gigante emergía de las sombras en un paso de gato; un árbol de la vida extendía sus raíces y ramas por todo el fondo del escenario; siluetas humanas de ocre y papel, tres metros de alto, ardían mientras luchaban por alcanzar algo, colgadas de la pared…
En una ocasión terminamos la obra al filo de la medianoche y todavía se presentaba una más a concurso; ya con vestuario y utilería en mano, subimos las escaleras de la sala y recibíamos felicitaciones. Me sentí lleno de un profundo agradecimiento. De repente, en proscenio, un payaso cara roja y blanca montaba su caballo imaginario, al que hacía relinchar mientras lanzaba chistes a un público de apenas 30 personas —jurado y últimos sobrevivientes a la jornada —en el vacío de un auditorio para casi dos mil... Teatro de medianoche, héroe sacrificial en monólogo tragicómico… Y afuera, por supuesto, había luna.
Esta noche hay un calamar pavo real de colores azul, amarillo y rosa pastel, un lagarto bicéfalo, negro y rojo, cola de de escorpión y tentáculos de medusa, alebrijes colosales de la última exposición en el Zócalo. Son los dioses dramáticos de esta noche que se acerca… Los invito al ritual.
F. Xavier
México, D. F., a 6 de diciembre de 2014
La invencibilidad del instinto
Hay algunas personas en la calle, en sus ocupaciones de
siempre. El andar es lento. Es sábado por la tarde, con comercios cerrados,
descanso de oficinistas, marchas en el centro de la ciudad y aire frío.
“Vivos se los llevaron, vivos los queremos” es el mensaje
que se ve surgir en letras, en mantas y pancartas, al pie del Ángel de la
Independencia; los conteos hasta el número 43, con la explosión final del grito
de ¡justicia!, se escuchan crecientemente, en ecos repetidos por diversos
contingentes, sobre la avenida Reforma.
—Si quieres, que no salga tu cara…
—Al contrario, que salga mi cara…
Con aplomo, el hombre de turbante blanco, quien camina rumbo
al Ángel de la Independencia, porta una cartulina que dice: “Paz a todos Luz a
todos Amor a todos”.
—¿Puedo tomarle una foto?
—Sí… —Y sin dudar, con una sonrisa, la señora con una
bandera mexicana de color negro, asiente.
“¡EPN: No me mates! Sólo deseo estudiar” escribió un
adolescente en una cartulina. También mira directo a la cámara. Hace recordar al
niño de 12 años, ganador de un concurso internacional organizado por la NASA,
para quien una de las condiciones necesarias para que un mexicano como él
llegue a Marte es, en primer lugar, “que no me maten los políticos”, y después,
que esos mismos políticos no se lleven el dinero destinado a la ciencia[1].
En la manifestación hay estudiantes, campesinos,
trabajadores de distintos oficios, madres con sus hijos, artistas, danzantes, hombres
y mujeres de diferentes clases.
“Si no despiertas hoy, mañana te asesinarán dormido”; “Nos
quisieron enterrar pero no sabían que somos semillas”; “Si te molestan las
manifestaciones, tranquilo, cuenta hasta 43, tu hijo no está desaparecido”;
“Ayotzinapa duele… pero lo que aún más duele, es el silencio de los
indiferentes”, así son algunos de los mensajes en el papel.
En los muros se lee “Somos un ejército de Soñadores y por
eso somos invencibles”; “Ayotzinapa somos todos”; ¡EPN, renuncia! A lo largo
del recorrido, las esculturas de Reforma lucen bolsas de papel en la cabeza,
avergonzadas, y en la publicidad de los parabuses se recuerda que “Nos faltan
43”. La palabra justicia se escucha y se repite incansablemente.
Comenzaba a oscurecer cuando la marcha llegó al Monumento a
la Revolución. Ahí, un grupo de jóvenes esperaban en la fila de acceso al
mirador de la mole de piedra.
—¿Por qué vinieron?, ¿por qué están aquí?
—Para apoyar al movimiento. Por los 43 desparecidos de
Ayotzinapa... estamos cansados de la injusticia…
—¿Qué piensan de la gente que tiene una actitud pasiva?
—Estaría bueno que vinieran… sí se hace un cambio… hay
países en los que sí hubo un cambio, como en Medio Oriente, en España…
“¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, repiten los
asistentes al mitin en respuesta a las arengas de los oradores. La frase es un
símbolo, un mantra.
Casi al final del mitin confirman que de los restos hallados
en el basurero de Cocula, un molar y un pedazo de hueso corresponden a uno de
los normalistas desaparecidos, Alexander Mora.
Su padre envió un mensaje a su nombre: “Me siento orgulloso
de ustedes que han levantado mi voz, el coraje y mi espíritu libertario, no
dejen a mi padre solo con mi pesar, para él significo prácticamente todo, la
esperanza, el orgullo, su esfuerzo, su trabajo y su dignidad… Te invito a que
redobles tu lucha, que mi muerte no sea en vano… toma la mejor decisión pero no
me olvides, rectifica si es posible, pero no perdones. Este es mi mensaje.
Hermanos, hasta la victoria…”.
Hay una conciencia de que no es nada más Ayotzinapa,
Tlatlaya, Atenco, Aguas Blancas, el ABC; que no es solamente Peña, Granier,
Marín, Moreira, Sahagún, Abarca, Salinas; que no son nada más el Fobraproa,
ferrocarriles, Telmex, los errores de diciembre, la desaceleración mundial, el
precio de la macroeconomía… Incluso es una cuestión más que política, moral,
social, histórica, humana… Es una cuestión de sobrevivencia, un instinto.
Antes de comenzar la marcha, las preguntas inevitables eran
¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién? ¿qué caso puede tener arriesgar la vida o
la integridad si la sociedad pareciera no querer darse cuenta?, ¿si nada va a
cambiar?, ¿si nada se puede hacer?
Al terminar el mitin, con la entonación del himno nacional, las
respuestas intuidas se volvían certezas.
Es por los desaparecidos, por los muertos, por los
olvidados, por los ausentes, por los presentes, por los que seguimos vivos, por
uno mismo, por un instinto de supervivencia que en todos, tan distintos entre
nosotros, se manifiesta.
La marcha se dio en paz, sin incidentes ni provocaciones.
Un embozado, sentado junto al monumento, sostiene su
mensaje: “Si luchas conmigo, bienvenido… si luchas aparte, te lo agradezco, si
no quieres luchar, te respeto. Si me
criticas, lo comprendo. Pero si intentas detener mi lucha pierdes tu tiempo
porque… No nos vamos a rendir!!”.
No claudicar y luchar hasta el final, son respuestas, instintos
invencibles.
F. Xavier