viernes, 1 de febrero de 2013
Los dioses dramáticos
Crónica
Cada lugar tiene sus símbolos, sus espíritus, sus deidades: había una mano de casi cinco metros de diámetro y un rostro de dios viejo, de iguales dimensiones, en una pared detrás de las piernas del teatro; en otro, un dragón chino de ocho patas resguardaba un salón de espejos y la puerta que daba, desde lo alto del cerro, a las faldas de los volcanes; un cráneo gigante emergía de las sombras en un paso de gato; un árbol de la vida extendía sus raíces y ramas por todo el fondo del escenario; siluetas humanas de ocre y papel, tres metros de alto, ardían mientras luchaban por alcanzar algo, colgadas de la pared…
En una ocasión terminamos la obra al filo de la medianoche y todavía se presentaba una más a concurso; ya con vestuario y utilería en mano, subimos las escaleras de la sala y recibíamos felicitaciones. Me sentí lleno de un profundo agradecimiento. De repente, en proscenio, un payaso cara roja y blanca montaba su caballo imaginario, al que hacía relinchar mientras lanzaba chistes a un público de apenas 30 personas —jurado y últimos sobrevivientes a la jornada —en el vacío de un auditorio para casi dos mil... Teatro de medianoche, héroe sacrificial en monólogo tragicómico… Y afuera, por supuesto, había luna.
Esta noche hay un calamar pavo real de colores azul, amarillo y rosa pastel, un lagarto bicéfalo, negro y rojo, cola de de escorpión y tentáculos de medusa, alebrijes colosales de la última exposición en el Zócalo. Son los dioses dramáticos de esta noche que se acerca… Los invito al ritual.
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